En 2014 llegué a México. Desde hacía tiempo me interesaba conocer de cerca la lucha zapatista, EZLN, y documentar la vida de las comunidades indígenas que defienden su autonomía y sus derechos. Aunque mi vuelo aterrizó en Cancún, por ser el destino más barato, San Cristóbal de las Casas era mi destino y la ciudad que se convirtió en mi hogar durante esta etapa.
Decido comenzar este reportaje en el Puerto Fronterizo de Ciudad Cuauhtémoc, donde las montañas marcan la frontera entre Chiapas y Guatemala. Este lugar no solo es un punto de tránsito, sino también un espacio simbólico que invita a reflexionar sobre las realidades de las fronteras.
Como europea, siempre había vivido estas dinámicas desde el otro lado, desde la comodidad de quien cruza sin obstáculos. Esta vez, sin embargo, me tocó a mí enfrentar las reglas del juego, condicionada por un visado que me obligaba a salir del país cada tres meses para renovar mi estancia ya que no tenía permiso de residencia. Este cruce constante me permitió no solo cumplir con el trámite migratorio, sino también observar cómo la vida y las historias se entretejen en estos márgenes del mapa.
Cómo es posible que en una de las regiones más lluviosas de México haya problemas debido a la escasez de agua? La respuesta la encontramos cuando conocemos la realidad de Coca Cola en México y es que esta tiene una descomunal fábrica entre las localidades chiapanecas de San Felipe y San Cristobal. La instalación consume más de un millón de litros de agua al día, lo que está teniendo consecuencias sobre el abastecimiento de la población.
La dificultad de acceso a agua potable está siendo utilizada de manera maquiavélica por la multinacional pues el precio de sus refrescos es más accesible que el del agua. Por ese motivo es común ver a niños muy pequeños bebiendo Coca Cola en lugar de agua. La tasa de mortalidad en Chiapas por diabetes a aumentado enormemente en los últimos años.
En el corazón de Chiapas, la vida cotidiana late con una fuerza única. El entorno chiapaneco es un contraste vibrante de paisajes: desde las montañas de niebla que abrazan San Cristóbal de las Casas hasta la densidad de la Selva Lacandona, donde la naturaleza se despliega en todo su esplendor. La selva, con su espesa vegetación y sus sonidos constantes, parece ser un mundo aparte, un lugar donde conviven tucanes, jaguares y monos aulladores en un ecosistema tan frágil como fascinante. La luz de los atardeceres en Chiapas tiene una calidad especial: cálida, dorada, casi etérea, envolviendo los paisajes en una quietud que parece detener el tiempo.
San Cristóbal de las Casas, con sus calles empedradas y su aire «frío» de montaña, es un lugar donde la historia y la modernidad se entremezclan. Es aquí donde me instalé y donde comencé a documentar la vida cotidiana de las comunidades indígenas. En los mercados, los colores de los textiles bordados se mezclan con el aroma del maíz recién hecho y el sonido de las conversaciones en tzotzil y tzeltal, lenguas que resisten al paso del tiempo y al peso de la colonización. Las mujeres, envueltas en sus huipiles, cargan a sus hijos en rebozos mientras venden sus productos, símbolo de una economía que sigue siendo profundamente comunitaria.
Sin embargo, detrás de la belleza y la riqueza cultural de San Cristóbal, persisten las huellas del racismo y la discriminación hacia las comunidades indígenas. A pesar de que Chiapas es su territorio ancestral, los indígenas son relegados a los márgenes, tanto en lo económico como en lo social.
En San Cristóbal de las Casas, las relaciones entre indígenas y mestizos están cargadas de complejidades. Estas interacciones presentan formas de cooperación, pero también de tensión y conflicto. Esto se manifiesta en diversas expresiones de racismo, como la discriminación, la segregación, la intolerancia y la exclusión.
Prácticas como la exclusión de los espacios públicos, los estigmas y los prejuicios afectan de manera particular a los jóvenes y niños indígenas que trabajan como vendedores ambulantes. Sus testimonios señalan a empresarios y funcionarios municipales como los principales agentes que perpetúan estas prácticas discriminatorias. La venta ambulante, para ellos, no es solo una estrategia de subsistencia en un contexto de precariedad económica; es también un espacio de resistencia frente a normativas que buscan invisibilizarlos y eliminarlos.
La población indígena que migra hacia las ciudades está compuesta por diversos grupos étnicos y rangos de edad, destacando especialmente los jóvenes, quienes contribuyen significativamente al sustento familiar, principalmente a través de actividades como el comercio ambulante. Dentro de las comunidades originarias, un joven indígena suele asumir responsabilidades desde temprana edad, participando activamente en la vida comunitaria.
En 2011, más de 2.800 vendedores ambulantes fueron desalojados de las calles de San Cristóbal bajo el pretexto de preservar la “buena imagen” de la ciudad para los promotores turísticos. Este desalojo, respaldado por grupos de empresarios y el gobierno municipal, reflejó una política de exclusión que continúa reproduciéndose en el tiempo. En el imaginario social, los vendedores ambulantes son asociados con ilegalidad, actividades ilícitas y contaminación urbana, lo que refuerza los prejuicios que justifican su marginación.
Una de las protestas organizadas por La Otra Campaña, una iniciativa impulsada por el EZLN para promover la participación popular y dar voz a los de abajo ya la izquierda. Con principios como el anticapitalismo, la horizontalidad y la equidad, este movimiento lucha por la libertad de los presos políticos y por transformar una sociedad marcada por la desigualdad y la injusticia.
Además de las luchas del EZLN en el tiempo que viví en el territorio se organizaron diversos actos y protestas ciudadanas. Aquí, habitantes de San Cristóbal de Las Casas en lucha por la defensa de la Reserva Gertrude Duby, un importante macizo forestal que alberga la fuente de agua vital para la comunidad.
Abajo, Martínez Pedrero, quien asumió la presidencia municipal de San Cristóbal de Las Casas bajo la candidatura del Partido Revolucionario Institucional, en medio de denuncias de fraude electoral tras su paso por Acción Nacional. Su gestión, marcada por acusación de represión, racismo y mal manejo administrativo, conclusiones antes del término oficial, dejando al ayuntamiento en quiebra, endeudado y bajo una investigación por un posible desfalco millonario del erario.
La implicación de las personas indígenas en diversas luchas y movimientos sociales trasciende sus propias demandas territoriales y culturales. Su participación activa en protestas y actos de solidaridad con otras causas globales demuestra una conciencia profundamente arraigada de las injusticias que afectan no solo a sus comunidades, sino al mundo entero.
El 2 de mayo de 2014 moría asesinado por paramilitares José Luis Solís López, ‘Galeano’, un maestro de la Escuelita de la Libertad del EZLN, en la Comunidad La Realidad, Chiapas. Durante el ataque hubo varios heridos y destruyeron la escuela y la clínica de este lugar emblemático del zapatismo.
«El compañero maestro zapatista Galeano no murió en un enfrentamiento. Fue secuestrado, torturado, desangrado, apaleado, macheteado, asesinado y rematado. Sus agresores tenían armas de fuego, él no. Sus agresores eran varios y varias, él estaba solo. (…)
No voy a detallar todas y cada una de las heridas sufridas por el compañero Galeano, ni a presentarles fotos de su cadáver mancillado. No voy a reseñar el cinismo narrativo con el que sus asesinos detallaron el crimen como quien cuenta una hazaña.
Tiempo habrá de pasar. Las confesiones de los verdugos serán conocidas. Se sabrán con detalle las torturas, los festejos que hacían con cada gota de sangre, la borrachera de la muerte cruel, la euforia posterior, la cruda moral y etílica de los siguientes días, la culpa persiguiéndolos, la justicia alcanzándolos.
El compañero maestro zapatista Galeano será recordado por las comunidades zapatistas, sin bulla, sin primeras planas. Su vida, y no su muerte, será alegría en nuestra lucha por generaciones. Cientos de niños tojolabales, tzeltales, tzotziles, choles, zoques, mames y mestizos llevarán su nombre. Y no faltará la niña que se llame «Galeana».»
Del 3 al 9 de Agosto de 2014 se celebra el Congreso Nacional Indígena, la Compartición entre los Pueblos Originarios de México y el EZLN. En esta ocasión ningún medio «de paga», cómo les llaman los zapatistas es invitado, pero si se nos permite asistir a los compañeros de medios libres.
No recuerdo con exactitud que día llegamos, pero si que fue bien entrada la noche cuando emprendemos el viaje repartidos en dos pick up una veintena de compañeros, arropados por la oscuridad de la noche para evitar ser vistos por paramilitares de la zona. Durante largas horas de viaje, a la mañana siguiente llegamos al Caracol LA REALIDAD, el primer espacio construido por los zapatistas, en el corazón de la selva para organizar su autonomía.
En este encuentro participan 312 personas que llegan de 30 pueblos y tribus indígenas de México y 1300 bases de apoyo zapatistas.
Comunicado del Subcomandante Insurgente Moisés: «Compas: Todas y todos llegaron con bien. Les aviso para que lo avisan también en sus lugares y así sus familias de quienes vienen de lejos no tienen pena. (…)»
«La guerra contra nuestros pueblos indígenas dura ya más de 520 años, el capitalismo se nació de la sangre de nuestros pueblos y a los millones de nuestros hermanos y hermanas que murieron durante la invasión europea, hay que sumar los que murieron en las guerras de independencia y de reforma, con la imposición de las leyes liberales, durante el porfiriato y en la revolución.
En esta nueva guerra de conquista neoliberal la muerte de nuestros pueblos es la condición de vida de este sistema.
En las últimas décadas miles y miles de nosotros hemos sido torturados, asesinados, desaparecidos y encarcelados por defender nuestros territorios, nuestras familias,nuestras comunidades, nuestra cultura, nuestra vida misma.
No olvidamos. Porque esa sangre, esas vidas, esas luchas, esa historia son la esencia de nuestra resistencia y de nuestra rebeldía en contra de quienes nos matan; en la vida y en la lucha de nuestros pueblos ellos viven.»
“La tierra que nos vio nacer, que nos da la vida y finalmente descansamos en ella eternamente. Por eso somos todos los colores que somos, todas las lenguas que hablan nuestros corazones, por eso somos pueblos, somos tribus y somos nación. Somos los y las guardianas y guardianes de estas tierras, de este país México, de este continente y del mundo”. “(…) Son nuestro dolor y nuestra rabia, de donde nace nuestra determinación y nuestra rebeldía. Que son nuestra lucha y irreversible en nuestra vida propia.”
El 9 de Agosto de 2014 es la aparición del Subcomandante Marcos donde anuncia el fin del «Subcomandante Marcos» para dar paso al «Subcomandante Insurgente Galeano», en homenaje al compañero zapatista asesinado. «Pensamos que es necesario que uno de nosotros muera para que Galeano viva».
Para cerrar esta parte, lo hago con los retratos de algunos de los representantes de los originarios de México que participaron en el CNI.
Tras la clausura del Congreso Nacional Indígena, me traslado a una de las Comunidades Zapatistas de Chiapas con las Brigadas Civiles de Observación. Las Bricos son creadas por el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas ya que desde 1995, la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) puso en marcha el Plan de Campaña Chiapas 94, cuyo objetivo fue acabar con la lucha del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), creando paramilitares. Las consecuencias de este plan, dirigidas principalmente en contra de poblaciones civiles fueron desastrosas, originando acciones de violencia y terror que derivaron en violaciones graves a los derechos humanos.
La presencia de observadoras/es nacionales e internacionales tiene como objetivo monitorear violaciones a derechos humanos en un contexto de violencia generalizada.